Copa de Maestros 2023: Carlos Alcaraz cede ante Alexander Zverev y está contra las cuerdas en la Copa de Maestros | Tenis | Deportes

No está fino Carlos Alcaraz y el estreno en esta Copa de Maestros de Turín constata la percepción. El pulso comienza en forma de espejismo, porque en cuanto endereza al saque, Alexander Zverev remonta y termina desequilibrando a su favor: 6-7(3), 6-3 y 6-4, en 2h 31. Se marcha el murciano al vestuario con el gesto torcido y rumiando la derrota, habiendo encajado la tercera consecutiva en un mes. No es el estreno soñado, ni mucho menos. No termina de encontrarse en este otoño otra vez traicionero para él, en una versión descafeinada y ahora contra las cuerdas, porque todo lo que no sea una victoria el miércoles, ante el perdedor del duelo que disputarán esta noche Daniil Medvedev y Andrey Rublev, le abocaría a una salida prácticamente automática del plano.

Este no es Alcaraz. O no desde luego el que acostumbra. Salta a la pista del Pala Alpitour nervioso, agarrotado, dubitativo; como si algo o alguien le hubiese arrebatado el poder que tenía hace no tanto. Plomizo. Arma el brazo y carga, pero la derecha está anestesiada y no desborda. Falta chispa. Reincide en el error, demasiadas pelotas a la red y poca frescura en las maniobras. Es una versión ralentizada. Tarda prácticamente una hora en esbozar la sonrisa, mal indicio en un tenista cuya bandera es el disfrute y que depende tanto de las sensaciones. Sentir o no sentir, esa es la cuestión. Precisa el tenis del murciano de alegría y buenas vibraciones, de dinamismo y decibelios, de esas revoluciones y ese voltaje extra que se han evaporado en el último mes; la puesta en escena es gélida, predomina el silencio y enfrente tiene un adversario que conoce bien el territorio. Sabe el bicampeón Zverev de qué va esto y de entrada aprieta, aunque después patinará.

El alemán obtiene la rotura y tiene aparentemente controlada la situación, pero de algún modo se contagia y acaba imponiéndose el desorden. Compiten los dos a tirones, a bandazos. La impresión de la grada –13.000 espectadores, todo vendido otra vez– es que va a prevalecer el servicio del gigantón, pero Zverev entrega unos cuantos obsequios, va enmarañándose y desperdicia una oportunidad de oro. Alcaraz sigue sin estar fino, pero escapa en el primer parcial. Al mal tiempo y el desatino reacciona con entereza, sin volver la cara. Se le insiste desde su equipo en que es fundamental aprender a capear el temporal, en que su juego no puede depender exclusivamente de la buena inercia y en que todo gran tenista debe tener un Plan B; esto es, descubrir la gama de grises para sortear los días duros. Tiene 20 años, y en ello está. Lógicamente, debería ser cuestión de tiempo.

Es Alcaraz de esos jugadores (artistas) irremediablemente atados a su talento, plenamente instintivos. Para bien y para mal. La escuela Federer. Compiten con el piloto automático y lo contrario suele ser mala señal, sinónimo de zozobra, signo de que el golpe no fluye y de que las musas se han dispersado. Dependen los virtuosos como él de cómo pongan el primer pie en el día y de por dónde sople el viento, y el murciano ha llegado más bien justo de gasolina e inspiración a esta recta final de la temporada y la falta de lucidez ha debilitado su propuesta. No es este competidor del otoño el que deslumbró hasta Wimbledon ni el que se sostuvo en Nueva York, y las dudas que traía de París-Bercy se mantienen. Más allá del marcador y los derroteros que pueda adoptar en el torneo, el aterrizaje confirma el diagnóstico.

En cuanto Zverev corrige un poco la mirilla, el curso lógico del duelo (teniendo en cuenta las circunstancias) va imponiéndose. No hay giro ni rebelión. Al alemán, un cañón que bajo techo se mueve como pez en el agua, le basta con sacar y contemporizar al resto. La presión de Alcaraz es relativa y una vez sorteado el único punto de fricción, con la opción de break anulada nada más comenzar el segundo set, le vale con su buen hacer para moldear definitivamente la victoria. Tres pasantes demoledores finiquitan la historia. Eso sí, hay susto. En un desplazamiento lateral para cazar una bola se le va el pie de apoyo y la espeluznante escena del Roland Garros del año pasado –cuando se rompió sitio ligamentos del tobillo derecho– congela a los presentes. Falsa alarma. Y luz de emergencia para el español, obligado este miércoles a ganar el segundo compromiso para seguir con vida.

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